Taller de escritura individual o grupal: diferencias, ventajas y desventajas

Una de las preguntas que puede aparecer al momento de buscar un taller de escritura es bastante sencilla de formular, aunque no siempre tan fácil de responder: ¿conviene hacer un taller individual o un taller grupal?
Y seguramente vos, que estás leyendo, enseguida hayas dado una respuesta: ¡tal opción es mucho mejor que la otra! Porque así somos: la vida es un Boca-River. Pero el asunto, me parece a mí, es más interesante o, por lo menos, más complejo.
Saliendo de la dualidad instantánea, la respuesta más rápida sería que depende de cada persona, de lo que esté escribiendo y de lo que necesite en ese momento. Pero también hay algo más: un taller individual y uno grupal no son simplemente dos formatos distintos para hacer exactamente lo mismo. Proponen experiencias de trabajo diferentes.
En ambos casos se escribe, se lee, se conversa sobre los textos y se reciben devoluciones. Lo que cambia es el modo en que circula esa escritura, el tiempo disponible para detenerse en ella y el lugar que ocupan las otras personas en el proceso.
Qué aporta un taller de escritura grupal
Hay algo difícil de reemplazar en un taller grupal: la experiencia de leer y ser leído por otros.
Cuando varias personas responden a una misma consigna, rápidamente aparece algo que para mí es central en cualquier taller de escritura: comprobar que no existe una única manera de resolver un problema narrativo, construir una escena, trabajar una voz o abordar una imagen. Además, algo flota cuando se trabaja en equipo: mismas preocupaciones, temas comunes, que se van trabajando —consciente o inconscientemente— de manera grupal.
Puede suceder que un participante traiga un texto en el que encuentra ciertos problemas y entonces la sugerencia que encontramos, grupalmente, sea un cambio de narrador. Y poco a poco, sin que se den cuenta, es probable que los demás participantes también empiecen a probar con ese otro narrador. A veces pienso que es una forma de acompañar el proceso ajeno, pero sucede que el proceso ajeno tiene puntos en común totalmente disueltos en el proceso propio, tanto que no es posible distinguirlos enteramente.
También, y aquí hay otro punto fundamental, se aprende a leer: a detectar procedimientos o prácticas de escritura, decisiones, problemas de ritmo, puntos de vista, repeticiones, zonas potentes y zonas que todavía necesitan trabajo en textos de colegas que están trabajando a la par.
Con el tiempo, quienes participan de talleres grupales pueden salir del “me gustó/no me gustó” para entender las sutilezas de los textos, cómo abordan determinadas temáticas, procedimientos y decisiones.
En ese sentido, un taller grupal no es solamente un espacio donde cada participante lleva un texto y recibe una devolución. El grupo forma parte de la herramienta de trabajo.
Semana a semana, o quincena a quincena, hay un grupo que espera los textos del grupo, los reclama hasta donde cada quien lo permite, y en esa camaradería o compañerismo se construye un hábito fuertemente saludable respecto de la escritura: saber que lo que escribimos, sin importar si son textos que nos hacen sentir seguros o que, por el contrario, son apuestas muy arriesgadas, encontrará lectores atentos y cariñosos que sabrán darle tanto cobijo como una crítica amorosa que permita que el texto crezca.
Pero el formato grupal tiene, naturalmente, sus límites.
El tiempo de un encuentro debe repartirse. No siempre es posible detenerse durante mucho tiempo en un único texto ni acompañar con el mismo nivel de detalle procesos muy específicos. Una persona puede estar escribiendo cuentos breves mientras otra trabaja una novela y otra todavía está explorando distintas formas sin un proyecto definido.
El taller tiene que encontrar una zona común.
Y esa zona común es precisamente una de sus riquezas, aunque también implica que el trabajo no puede adaptarse por completo a cada participante.
Qué cambia en un taller individual de escritura
En un taller individual desaparece una parte de esa experiencia colectiva, pero aparece otra posibilidad: trabajar de manera mucho más concentrada sobre una escritura particular.
El tiempo está dedicado a una sola persona, a sus textos, sus preguntas y su proceso.
Esto permite detenerse en aspectos que quizá en un grupo resultarían demasiado específicos: seguir durante varias semanas un mismo proyecto, revisar distintas versiones de un texto, pensar problemas estructurales, trabajar una voz narrativa, ordenar materiales dispersos o diseñar consignas directamente relacionadas con aquello que la persona necesita explorar.
Las consignas también pueden adaptarse.
En lugar de partir necesariamente de un recorrido común, pueden surgir de lo que está ocurriendo en esa escritura: probar otro narrador, reescribir una escena desde un punto de vista diferente, eliminar determinada información, expandir una zona apenas sugerida, modificar el tiempo del relato o leer un autor que permita abrir nuevas preguntas.
También pueden adaptarse las sugerencias de lectura y la manera de abordar determinados autores.
Por eso, el taller individual puede resultar especialmente fértil cuando ya existe un proyecto en marcha, cuando aparecen dificultades muy concretas o cuando estamos dando los primeros pasos.
Pero esto no significa que sea una versión “más completa” de un taller grupal.
Hay cosas que se pierden.
No está la diversidad de voces del grupo. No aparece esa experiencia de escuchar cómo otras personas resolvieron una misma consigna. Tampoco existe la circulación colectiva de la lectura ni ese aprendizaje indirecto que ocurre mientras se trabaja sobre textos ajenos.
La conversación es más profunda sobre una escritura, pero también necesariamente más acotada en cantidad de perspectivas.
Tener un coordinador con dedicación exclusiva no es la única diferencia
A veces el taller individual se imagina simplemente como un taller grupal en el que toda la atención del docente está concentrada en una sola persona.
Es cierto, pero me parece una descripción insuficiente.
La diferencia más interesante no está solamente en cuánto tiempo recibe cada texto, sino en qué recorrido puede construirse.
En un taller grupal, la propuesta tiene que producir un espacio común en el que puedan trabajar personas con intereses y experiencias diferentes.
En un taller individual, en cambio, ese recorrido puede modificarse continuamente.
Si aparece un problema inesperado, se trabaja sobre él. Si un texto empieza a crecer y pide convertirse en otra cosa, el taller puede acompañar ese movimiento. Si una lectura resulta especialmente productiva, puede profundizarse. Si una consigna no conduce a ningún lugar interesante, puede abandonarse.
Hay una flexibilidad mayor, pero esa flexibilidad no vuelve automáticamente mejor al formato individual. Simplemente lo vuelve distinto.
El valor del grupo no está solamente en la devolución
También ocurre lo contrario: reducir un taller grupal a “varias personas opinando sobre un texto” deja afuera una parte importante de lo que sucede allí.
Un grupo construye una pequeña comunidad de lectura.
Con el tiempo, los participantes empiezan a conocer la escritura de los demás. Reconocen ciertas búsquedas, recurrencias, obsesiones, decisiones. Pueden advertir cambios entre un texto y otro porque conocen el recorrido previo.
Esa continuidad produce una forma particular de lectura.
Además, escuchar textos muy alejados de los propios intereses puede ser productivo. Alguien que escribe narrativa realista puede descubrir algo escuchando un texto fantástico. Quien trabaja poesía puede encontrar procedimientos útiles en una escena teatral. Una persona acostumbrada a escribir en primera persona puede descubrir, en el texto de otro, lo que produce una distancia narrativa diferente.
Esa exposición a escrituras que uno quizá no habría elegido leer también forma parte del aprendizaje.
¿Cuándo puede resultar útil un taller individual?
No hay una regla, pero hay situaciones en las que el formato individual puede tener bastante sentido.
Por ejemplo, cuando existe un proyecto concreto que necesita continuidad: una novela, un conjunto de cuentos, un libro de poemas, una obra teatral o incluso materiales todavía difíciles de clasificar que están buscando un cauce.
También puede ser útil cuando alguien necesita trabajar sobre dificultades muy particulares o cuando desea una dinámica que no dependa de un grupo, por ejemplo en el caso de los talleres de escritura creativa por email o por WhatsApp, que no dependen de horarios concretos.
En otros casos, una persona simplemente se siente más cómoda trabajando de esa manera.
No hace falta tener un libro en marcha ni llegar con una obra avanzada. Un taller individual también puede servir para explorar, probar géneros, recuperar una práctica de escritura interrumpida o construir poco a poco un proyecto que todavía no existe.
¿Y cuándo puede resultar mejor un taller grupal?
El taller grupal puede ser especialmente valioso para quien quiera incorporar la escritura como práctica sostenida y compartir ese proceso con otras personas.
También para quien disfrute de leer textos diversos, conversar sobre ellos y descubrir recursos a partir de lo que ocurre en el trabajo colectivo.
Para alguien que recién empieza, además, puede ser tranquilizador descubrir que todas las personas enfrentan dudas, bloqueos, decisiones y problemas.
Y para quien ya lleva tiempo escribiendo, el grupo puede funcionar como un laboratorio: un espacio donde probar formas nuevas sin que todo tenga que incorporarse necesariamente a un proyecto mayor.
No hay que elegir para siempre
Sin embargo, y si llegaste hasta acá con la lectura, es importante detenernos en esto: elegir una modalidad no implica adoptar una forma definitiva de trabajar.
Hay momentos en los que un grupo puede ser exactamente lo que una escritura necesita.
Y hay otros en los que conviene apartarse durante un tiempo de esa circulación colectiva y concentrarse en un proceso específico, propio.
Incluso ambas experiencias pueden complementarse.
Una persona puede participar de un taller grupal y, en determinado momento, necesitar algunas instancias individuales para trabajar sobre un proyecto. O puede comenzar de manera individual y más adelante querer poner sus textos en circulación dentro de un grupo.
La escritura cambia. Los proyectos cambian. Y también cambian las necesidades de quien escribe.
Entonces, ¿taller individual o grupal?
No creo que haya una modalidad mejor que la otra. Ya lo dijimos al principio: no se trata de un partido de fútbol donde las pasiones nos hagan elegir un bando.
Hay muchas formas distintas de construir un espacio alrededor de la escritura.
La pregunta, entonces, quizá no sea solamente qué tipo de taller es mejor, sino otra: ¿qué necesita mi escritura en este momento?
En tde. conviven ambas modalidades. Hay talleres grupales, con propuestas y recorridos compartidos, y también un taller individual de escritura que permite trabajar de manera personalizada, por videollamada o mediante el intercambio de textos y devoluciones.
Son experiencias diferentes.
Y justamente por eso pueden servir para momentos diferentes de una misma práctica.


