Un año de cartas: escribir sin pantallas

“¿Y si hacés un taller de escritura por carta?”, me dijo María Eugenia, mi compañera de vida, en agosto de 2025. Esta sugerencia funcionaba a modo de respuesta a una pregunta que me venía haciendo desde hacía tiempo y que resultaba, en principio, aporística: ¿cómo hacer un taller de escritura creativa, a distancia, para escribir sin pantallas?
En 2017 empecé a dictar un taller presencial en la carpintería Para los árboles, que me brindó amorosamente el espacio. Al año siguiente lo intenté en mi casa, en Ciudadela, buscando que la gente del Oeste del Gran Buenos Aires no tuviera que trasladarse a Capital para hacer talleres, pero el resultado fue exactamente el contrario al que buscaba: la gente que vino era de la Ciudad; llegaba tarde e incómoda, intentando venir hacia el Oeste justo a la hora en que todo el transporte se satura en ese sentido de circulación. La propuesta terminó fracasando, aunque tengo que confesar que aprendí muchísimo sobre cómo llevar adelante un grupo que hace agua. Un cariño especial para Alberto y Micaela, que fueron las dos personas que más ayudaron a mantener activo el espacio.
En 2019 me preguntaron nuevamente por talleres. En ese momento yo hacía taller con Silvina Gruppo y le trasladé la pregunta: “Sil, ¿sabés quién puede dar un taller inicial, para gente que está empezando?”. Y su respuesta fue tan contundente como lo es su narrativa: “Vos”, me dijo. Y ahí la inquietud se disparó nuevamente en mí.
Dar taller es algo que disfruto enormemente. Es un espacio de aprendizaje, de desafío, de armar comunidad, de contrastar opiniones. Es perder la soledad del espacio de la escritura. Y se abría nuevamente la posibilidad de construir uno. Pero, en este caso, decidí hacerlo en formato virtual para posibilitar que fuera más federal, algo que ya había intentado al descentralizarlo.
Dar un taller de escritura creativa a distancia en 2019 era, todavía, un desafío poco explorado o, al menos, no tan explorado y explotado como hoy. El taller de escritura creativa a distancia funcionó bien y fue creciendo hasta derivar en la pluralidad de opciones que puedo ofrecer hoy gracias al entusiasmo y compromiso de la gente que participa de ellos.
Pero —el gran y poderoso “pero”— el año pasado me empecé a sentir incómodo con que casi todas mis actividades pasaran a través de una pantalla, e intuía también esa misma sensación en algunes de mis talleristas. Así, quise empezar a pensar alternativas para hacer un taller que mantuviera las ventajas de poder estar en distintos puntos del país, pero —otra vez el “pero”— sin tener que caer necesariamente en el uso de dispositivos informáticos, con todas sus contras. Algo que parecía, a priori, contradictorio.
Así fue que, volviendo a agosto de 2025, mi compañera me dijo mientras cenábamos: “¿Y si hacés un taller de escritura creativa usando el correo postal?”. Por supuesto que le dije que era una locura. Porque es una locura: ¿con toda la dificultad que conlleva escribir a mano, conseguir papel, sobres, ir al correo? ¿Con lo que tarda el correo en llevar las cartas? ¿Con la dificultad de armar una grupalidad a partir de envíos que son uno a uno? Si el correo, además, te pierde todas las cartas.
Descarté expeditivamente el asunto y a otra cosa. Lavamos los platos, acostamos a los niños y nos fuimos a dormir. Pero esa noche prácticamente no dormí. Algo de lo que había dicho María Eugenia me había quedado picando. A cada uno de los problemas que esgrimí durante la cena fui encontrándole posibles soluciones: sí, el correo tarda, pero, en vez de todas las semanas, puede haber un envío por mes. Es difícil escribir a mano, pero justamente se puede trabajar con las posibilidades que abre esa dificultad: se pueden hacer dibujos en las cartas, collages, enviar objetos pequeños como hojas, flores o postales. Encontré que los envíos, si se hacen como e-commerce, no son tan caros, tienen seguimiento y no se pierden en el éter postal.
Y unos días después ya estaba circulando el proyecto, que resonó en el público de una manera que no había anticipado. Ese primer mes tuve once inscripciones; al segundo mes ya eran diecisiete talleristas. Luego vino una merma importante: gente que se fue dando cuenta de que lo romántico del asunto implicaba también un trabajo concreto que, a veces, no podían llevar adelante. No dejaba de ser un taller: había que escribir, confrontar devoluciones y demás. Pero un núcleo duro siguió adelante y, con el tiempo, otras voces se fueron sumando.
En septiembre de 2026 el taller de escritura creativa por correo postal cumple un año.
Hoy escribí la carta número 106 para el duodécimo envío. Un promedio de nueve cartas por mes.
En todo este tiempo, algunas cosas han cambiado para volverlo más operativo: mis envíos salen siempre el mismo día del mes, sin depender de que me haya llegado la respuesta anterior, y eso volvió la dinámica más ordenada y quitó presiones; empecé a incluir un texto o fragmentos de textos literarios que acompañan la consigna; la consigna tiene ahora dos niveles de complejidad; y fui ajustando otras pequeñas cosas que la práctica misma fue haciendo evidentes.
Pero el espíritu se mantiene: mes a mes nos enviamos cartas, pensamos la escritura a partir del acto de escribir a mano, construimos una comunidad de gente que intercambia cadáveres exquisitos y arma textos colectivos, enviamos objetos, llevamos adelante la escritura en un tiempo analógico, diferido, paciente.
Gracias a todos, todas, todes —como gusten de considerarse— por hacer posible esta loquísima experiencia que, a todas luces, no debería funcionar, pero que cumple ya doce meses, doce consignas de escritura, más de un centenar de cartas y universos que circulan por el éter postal.
Gracias.
<ºº)))><


