Manifiesto por la gramática

Para escribir literatura es fundamental aprender sintaxis y gramática.
Sí. Sé que puede caer mal, pero así lo pienso. No obstante, vale aclarar que no se trata de aprender reglas para luego obedecerlas de manera irreflexiva, sino lo contrario: conocer cómo funciona nuestro idioma nos permite jugar con su construcción de manera de poder torcerla a nuestro antojo con fines estéticos.
Es decir: no se trata de conocer las reglas para aplicarlas, sino para poder desobedecerlas a piacere.
Dice la RAE sobre sintaxis:
f. Gram. Parte de la gramática que estudia el modo en que se combinan las palabras y los grupos que estas forman para expresar significados, así como las relaciones que se establecen entre todas esas unidades.
Es decir que la sintaxis estudia cómo se unen las palabras y los grupos de palabras. Y sobre gramática, en su séptima acepción, la RAE dice:
Representación de la competencia lingüística de los hablantes, especialmente en lo relativo a la morfología, la sintaxis y ciertos aspectos del léxico.
Y entonces, una que nos quedó afuera, la morfología, es:
Parte de la gramática que estudia la estructura de las palabras y de sus elementos constitutivos.
¿Qué tenemos entonces, hasta ahora? La morfología estudia cómo están constituidas las palabras; la sintaxis, cómo se relacionan esas palabras para generar sentido; y la gramática es un gran paraguas que las aglutina en un estudio conjunto.
Me pregunto entonces: si la materia prima de la escritura es el lenguaje; más aún, si la literatura es llevar el lenguaje a sus marginalidades, si se trata de extenuar sus posibilidades del decir, ¿no necesitamos conocer sus reglas en profundidad para poder torcerlas cuando queramos?
Picasso no llegó al cubismo porque no supiera pintar de manera académica. Llegó después de haber aprendido muy bien a hacerlo. Su padre, José Ruiz Blasco, era profesor de dibujo; Picasso tuvo formación académica desde muy joven y pasó por escuelas de arte de La Coruña, Barcelona y Madrid. Obras adolescentes como La primera comunión (1896) o Ciencia y caridad (1897) muestran un dominio de la representación, la anatomía, la perspectiva y la composición. Es decir: antes de empezar a desarmar la representación pictórica, sabía construirla.
Así, una oración que se aparta de la sintaxis convencional o una palabra que rompe con la morfología puede hacerlo por desconocimiento de las reglas que la constituyen o porque quien escribe necesita producir un efecto que la construcción convencional no produce. Exteriormente, incluso, ambos casos podrían parecer semejantes. La diferencia está en el dominio de la herramienta.
Un pintor puede ignorar la perspectiva porque no la conoce, o puede prescindir de ella porque decidió que la perspectiva renacentista no sirve para lo que quiere hacer. Del mismo modo, podemos escribir una oración «incorrecta» porque no sabemos qué relación establecen sus elementos, o podemos alterar deliberadamente esas relaciones porque buscamos ritmo, ambigüedad, extrañamiento, oralidad, velocidad, interrupción.
Buscar un estilo propio, o una «voz propia» en la escritura —y encomillo «voz propia» porque es algo que se dice mucho, pero rara vez quien lo dice parece saber de qué habla— tiene que ver también con entender dónde romper con el lenguaje definido por la institución que cité más arriba: la RAE. Entender dónde el lenguaje gramaticalmente correcto deja de servirnos para nuestros usos y necesitamos torcerlo, revertirlo, alejarlo del uso común y acercarlo a eso otro que es capaz de decir cuando se aleja de la orilla del sentido establecido.


