Hace unos días buscaba algún texto literario, indicado, preciso, que acompañara un trabajo de una tallerista que está haciendo el taller individual de escritura. Un poema que dialogara con los temas que estamos trabajando y que le dispare, sobre todo, preguntas.

Iba y venía frente a la biblioteca. Consultaba al azar algunas páginas de la Poesía completa de Idea Vilariño y me metía luego a tratar de encontrar algo en Los papeles salvajes, de Marosa di Giorgio. Y en medio de todo eso se me colaba, como una intromisión, algún poemario de Pizarnik, de Alfonsina Storni, algún cuento de Clarice Lispector.

De pronto me encontré con este maravilloso poema de Alfonsina:

Tú me quieres blanca

Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.

Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
tú me quieres blanca,
tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
Tú que en el banquete
cubierto de pámpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
Tú que en los jardines
negros del Engaño
vestido de rojo
corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
vete a la montaña;
límpiate la boca;
vive en las cabañas;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con raíz amarga;
bebe de las rocas;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua:

Habla con los pájaros
y límpiate al alba.
Y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.

Y me resulta extasiante cómo puede verse ahí una voz femenina contra el patriarcado, contra el deber ser, contra la pureza exigida; incluso cómo esas imágenes de lo blanco, lo níveo, lo puro pueden abrir hoy otras preguntas que el poema no necesariamente agota.

Pero yo estaba en la búsqueda de algo preciso: no cómo estas autoras construyen sus imágenes, sino cómo las conectan unas con otras. Entonces me vino aquél poema de Alejandra Pizarnik, publicado en 1972, sobre la fatalidad y el devenir:

Ella no espera en sí misma. Nada de sí misma. Demasiado
ensimismada
Sólo vine a ver el jardín donde alguien moría por culpa de algo que no
pasó o de alguien que no vino.
Ella es un interior.
Todo ha sido demasiado y ella se irá.
Y yo me iré.

Y nuevamente caí el devaneo, en la exploración inútil, en la embriaguez de los textos que me conducían, uno tras otro, sin una aparente cohesión. En la desesperanza, incluso, de la búsqueda sin sentido.

Mi mente consciente, económica, aparecía cada tanto. Esa ansiedad del uso «correcto» del tiempo que indica con el tic tac de los segundos que no estamos exprimiendo cada instante, que pregunta “¿por qué estás leyendo a Delmira Agustini si buscabas algo de Idea?», «¿por qué te quedaste con los ojos cerrados si lo que estás haciendo es leer?»

Y en eso se fue el rato de búsqueda —que duró mucho más de la hora prevista y económicamente correspondiente— y luego llegaron otros devenires: la cena en familia, acompañar a los chicos a la cama, la calma de la noche. Y mientras me lavaba los dientes, esa actividad tan cara al pensamiento, no dejaron de aparecerme las escenas de búsqueda entre textos de hacía un rato.

Había empezado buscando una cosa y había terminado leyendo otra. Había abierto un libro para encontrar un procedimiento y otro libro me había hecho recordar un poema y ese poema había llamado a otro. Desde el punto de vista de la tarea, había perdido el tiempo. Pero los textos seguían trabajando cuando ya no estaba leyendo.

Hay una lectura que procede desde el deseo, desde la indagación sensorial, desde eso inexplicable que llamamos inconsciente. Una lectura que no sabe todavía qué está buscando y que, por eso mismo, no puede reconocer de inmediato cuándo lo encuentra.

Tal vez leer también es permitir ese devaneo: suspender por un rato la obligación de saber adónde vamos. Dejar que una imagen convoque a otra, que un poema recuerde otro poema, que una búsqueda fracase en lo que se había propuesto y abra, sin embargo, otra cosa.

Después habrá tiempo de volver, elegir un texto y preparar la clase.

O de descubrir, mientras nos lavamos los dientes, que todavía no habíamos terminado de leer.

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