Cuando una historia extraordinaria necesita una prosa sencilla

Ayer terminé de leer Mi niñera de la KGB, de Laura Ramos (Lumen, 2025). La historia me pareció extraordinaria. No sólo por la figura de África de las Heras: espía soviética, combatiente, agente clandestina, mujer de múltiples identidades y biografías, sino también por el modo en que esa historia se entrelaza con la propia infancia de la autora y con una investigación familiar que parece abrir una puerta detrás de otra.
El libro se lee con facilidad. Es decir: los ojos recorren fácilmente el texto. La prosa es sencilla y avanza sin tropiezos. Pero mientras avanzaba me acompañó una incomodidad difícil de precisar: la historia me parecía mucho más poderosa que la narración.
No diría que está mal escrita: es clara, fluida, cumple su tarea. Quizás por eso la palabra que primero se me apareció fue otra: adecuada.
La historia y la narración
Ya hablé en este blog sobre Big Rip, de Ricardo Romero (Alfaguara, 2023), y la fascinación que me produjo la narración sin que pudiera recuperar completamente la historia (porque es una historia que, justamente, escapa a esa condensación).
Mi niñera de la KGB, sin embargo, se apoya con fuerza en la maravilla de la historia que se cuenta. África de las Heras parece haber atravesado buena parte de la historia política y cultural del siglo XX: la Guerra Civil española, el espionaje soviético, México, Trotsky, la Segunda Guerra Mundial, Francia, Uruguay, Felisberto Hernández. A eso se suman las conexiones familiares de Laura Ramos, los recuerdos de infancia, los documentos encontrados, los testimonios, las zonas oscuras y las versiones contradictorias.
La materia narrativa es formidable. Si fuera una novela de ficción, resultaría, quizás, inverosímil.
Y justamente por eso aparece una pregunta que me interesa traer: ¿cuánto de nuestra fascinación pertenece a los hechos y cuánto al modo en que esos hechos fueron narrados?
No se trata de restarle valor a la enorme tarea de investigación de Ramos. Al contrario. Reconstruir semejante entramado le llevó años de búsqueda, archivos, viajes, entrevistas, cotejo de versiones y una capacidad evidente para detectar relaciones entre materiales dispersos. El problema aparece en otro lugar: en la transformación de todo ese material en experiencia narrativa.
Una trama compleja necesita una prosa sencilla
En los talleres de escritura trabajamos con frecuencia sobre una idea bastante elemental: cuanto más compleja es una trama, más sencilla debería ser la prosa.
No porque exista una obligación de escribir de manera transparente ni porque toda literatura deba evitar la dificultad. Hay textos cuya opacidad es parte de su sentido, pero si una historia ya exige al lector recordar muchos personajes, desplazamientos temporales, relaciones familiares, cambios de escenario y distintas líneas narrativas, agregar además una prosa muy cargada puede terminar multiplicando innecesariamente las zonas de oscuridad. En estos casos, la lectura puede volverse expulsiva.
Sobre esto, Ramos toma una decisión razonable. Su prosa no busca imponerse sobre los acontecimientos. No parece interesada en deslumbrar frase a frase. Hay una voluntad de claridad y de distancia, incluso cuando aquello que está contando forma parte de su propia historia familiar. Pero una prosa sencilla no debería limitarse a ser funcional.
Una escritura puede ser transparente y, al mismo tiempo, tener ritmo, precisión, capacidad de caracterización, una música propia, una manera singular de administrar las revelaciones y de conducir la atención del lector. Puede desaparecer detrás de la historia sin dejar de organizarla profundamente.
Quizás ahí esté mi principal reparo frente al libro.
No le pediría una prosa más barroca, más poética ni más visible. Creo, incluso, que eso habría sido contraproducente. Le pediría algo distinto: una narración capaz de hacer todavía más sencillo seguir una materia que ya es enormemente compleja.
El problema no está en las frases
La dificultad de Mi niñera de la KGB no aparece tanto en las oraciones como en la acumulación.
Hay muchos personajes, parentescos, distintas generaciones, idas y vueltas temporales y geográficas. África tiene diferentes nombres e identidades. Hay personas que reaparecen decenas de páginas después de haber sido mencionadas. Y hay, además, distintos niveles de conocimiento: lo que África sabía, lo que la familia de Ramos sabía entonces, lo que la autora creyó durante años y lo que finalmente consiguió averiguar.
El lector tiene que recordar simultáneamente quién es quién, quién está relacionado con quién, bajo qué identidad aparece una persona, dónde estamos, en qué momento histórico y qué sabemos hasta ese punto.
No es poco.
Mientras leía, pensé varias veces que un árbol genealógico no habría venido nada mal, y me generó una asociación inmediata con Cien años de soledad, otro libro para el que muchos lectores han recurrido alguna vez a un esquema de parentescos. Pero la comparación, en realidad, permite señalar una diferencia importante.
En García Márquez, la repetición de nombres forma parte del funcionamiento profundo de la novela. Los Aurelianos y los José Arcadios se repiten porque también se repiten ciertas conductas, destinos y formas de estar en el mundo. Perderse un poco entre los Buendía también significa experimentar el mundo de los Buendía.
En Mi niñera de la KGB, en cambio, cuando olvidamos quién era determinado familiar o bajo qué nombre estaba actuando África en determinado momento, esa desorientación no parece producir un sentido adicional. Simplemente dejamos de comprender una parte de la historia.
Por eso el árbol genealógico —o algún otro recurso equivalente— no habría sido una concesión menor al lector, sino posiblemente una herramienta narrativa.
Organizar no es simplificar
Quizás una de las tareas más difíciles de la escritura consista precisamente en esto: volver legible una complejidad sin reducirla.
Una trama compleja necesita una escritura que simplifique la lectura sin simplificar la historia.
Simplificar una historia sería eliminar personajes, borrar contradicciones, achatar acontecimientos, reducir las zonas ambiguas. Simplificar la lectura supone otra cosa: ordenar, jerarquizar, recordar discretamente, construir anclajes, decidir cuándo un dato necesita repetirse y cuándo puede darse por incorporado.
Son decisiones invisibles, pero hacen buena parte del trabajo narrativo.
Cuanto mayor es la cantidad de información, más importante resulta decidir qué tiene que permanecer en primer plano y qué puede retroceder. No alcanza con que todos los datos estén correctamente expuestos: también necesitan una jerarquía.
Quizás por eso ciertos libros de investigación producen la sensación paradójica de estar muy bien documentados y, al mismo tiempo, de resultar difíciles de recordar. Tenemos la información delante de nosotros, pero no siempre sabemos cuál debería acompañarnos durante las próximas cincuenta páginas.
¿Qué le pedimos a la escritura?
Nada de esto disminuye mi entusiasmo por Mi niñera de la KGB. La historia continúa pareciéndome maravillosa, y el trabajo que permitió reconstruirla resulta admirable.
Pero justamente esa admiración vuelve más interesante la pregunta: ¿qué esperamos de la escritura cuando la realidad ya proporciona una historia extraordinaria?
Una historia excepcional también exige decisiones excepcionales de organización. Cuantas más vidas, nombres, épocas y versiones contiene, mayor es el trabajo necesario para que esa complejidad no recaiga enteramente sobre la memoria del lector.
Cuando era chico escuché un comentario que, por algún motivo, me quedó grabado: manejar bien no es llegar de Buenos Aires a Mar del Plata en tres horas entre frenadas y cambios de carril; es subirte al auto y no darte cuenta de cómo llegaste. Aquí creo que pasa algo parecido: la sencillez de la prosa es una virtud en las historias complejas, incluso una necesidad. Pero existe otra sencillez, mucho más difícil de conseguir: aquella que hace que una historia complejísima parezca inevitable mientras la estamos leyendo. Esa forma de claridad en la que nunca sentimos cuánto esfuerzo fue necesario para llevarnos de un lugar al siguiente.


