Big Rip: una lectura posible
Hace unos años le dije a Ricardo Romero que había comprado su novela Big Rip en una oferta de doce cuotas. Se rio y negó con la cabeza. Ese gesto me quedó resonando y volvió a mí al terminar la lectura, hace unos días: incluso una obra obsesionada con el desgarramiento final del universo no puede despegarse de lo pecuniario: cuánto cuesta un libro y quién puede permitirse comprarlo.
La tensión que ese gesto ilumina es también una de las claves formales del libro. Pese a sus dimensiones monumentales, la novela nunca abandona lo cotidiano. El fin del universo ocurre entre conversaciones, cuerpos cansados, recuerdos, trabajos y vínculos precarios. Lo inmenso y lo íntimo conviven permanentemente. Para quienes escribimos, esa combinación es también una lección técnica: la escala no se construye alejándose de los detalles sino acumulándolos, dejando que lo pequeño cargue con el peso de lo enorme.
Big Rip toma su nombre de una hipótesis cosmológica según la cual la expansión acelerada del universo terminaría separándolo todo: galaxias, sistemas solares, planetas e incluso la propia materia. Pero Romero no construye una novela de ciencia ficción tradicional alrededor de esa idea: no utiliza el Big Rip solamente como tema (si es que lo hace) sino también como forma narrativa. El desgarramiento del universo se vuelve, también, desgarramiento del relato. A medida que el libro avanza, el propio relato comienza a comportarse como ese universo en expansión: se multiplica, se fragmenta, se desvía hacia personajes inesperados y abre líneas narrativas que no siempre regresan al punto de partida.
Quien entre al libro esperando una estructura clásica probablemente atraviese cierta sensación de desconcierto, como fue mi caso. Hay personajes centrales, sí, pero alrededor de ellos proliferan historias laterales, relatos parciales, vidas enteras sugeridas en apenas unas páginas. En un momento particularmente llamativo, la novela abandona durante un extenso tramo a quienes parecían ser sus protagonistas para internarse en otra historia completamente distinta. Al comienzo, ese movimiento me generó frustración, dejé el libro por unos días, pero volví a él y poco a poco, a medida que me interesaba en esa nueva historia, en ese nuevo pedacito de universo, algo de me volvía evidente: Romero escribió Big Rip contra la idea canónica y ordenada, representativa de lo cotidiano, que ocurre en la novela clásica. Así, también debía prescindir de tener un único centro gravitatorio alrededor del cual girara toda la trama.
La novela resulta fascinante precisamente por eso. Cada uno de esos desvíos posee densidad propia. Romero tiene una capacidad extraordinaria para insinuar mundos completos en unas pocas escenas. Personajes secundarios, ciudades, recuerdos, tecnologías, rumores: todo parece tener espesor y pasado. Su lectura da la impresión de que el libro podría seguir creciendo indefinidamente, como si debajo de cada escena existiera otra novela posible.
Hay algo melancólico en ese procedimiento, aunque la novela nunca se abandone del todo a la solemnidad. Big Rip parece sugerir que el mundo ya no puede organizarse en un relato total. Que el sentido existe apenas como fragmento, como conexión parcial entre cosas dispersas. La novela no conduce hacia una gran revelación final que ordene retrospectivamente todo lo leído. Más bien ocurre lo contrario: cuanto más avanza, más inmenso y más inabarcable se vuelve el universo que construye.
Una de las figuras que mejor encarna esa lógica es el viejo muy viejo, personaje que atraviesa el libro como un fantasma y que hacia el final concentra muchas de sus obsesiones: el paso del tiempo, la persistencia de la memoria, el desgaste del mundo. Pertenece a otra escala temporal, como si hubiera sobrevivido demasiadas cosas para seguir siendo del todo real. Que la novela cierre sobre esa figura —y no sobre una resolución clara de la trama— resulta coherente con todo lo anterior. Big Rip no clausura: nos deja con la sensación de haber atravesado algo enorme, parcialmente incomprensible y todavía vibrando mucho después de terminada la lectura.