Cómo crecer un tomate en una novela

Una lectura de Los llanos, de Federico Falco, entre una charla sobre Borges, el trabajo de una huerta y la escritura de una vida.

El miércoles pasado fui a la Alianza Francesa a una charla sobre Borges y el género fantástico, dentro del Festival Borges. Fui a escuchar a Ricardo Romero —de quien ya escribí a propósito de Big Rip— hablar de Jorge Luis Borges, dos grandes amores literarios: uno poniendo la voz y el otro como tema de conversación.

La charla, coordinada por Juan Guinot, fue muy agradable. También expusieron Luisa Valenzuela, con grandes anécdotas de la persona de Jorge Luis, a quien conoció, y Juan Mattio, quien habló de una de sus novelas (no retuve el nombre, quizás alguien que lea este artículo sea tan amable como para apuntarme cuál) en donde seguía una de las operaciones que identifica en Borges: no es la realidad la que tiene injerencia en la ficción sino que, muy por el contrario, la ficción es la que termina teniendo injerencia en la realidad. 

Un ejemplo berreta pero evidente de esto: se empieza a contar una historia inventada, que termina afectando el mundo real (¿alguna resonancia con el deep fake del tiempo actual?).

Mientras escuchaba todo esto me acordé de Los llanos, de Federico Falco. Tenía, en ese momento, dos ejemplares de Los llanos, en mi mochila: uno subrayado a lápiz, con las hojas un poco dobladas y la tapa rasgada y otro, envuelto en papel floreado con un moñito. El primero venía siendo objeto de estudio y placer durante mis últimos días; el otro, regalo para mi amigo Oscar, por su cumpleaños.

En la novela de Falco, editada por Anagrama en 2020, un escritor se separa de su novio y alquila una casa en el campo. Dedica su tiempo a hacer una huerta. Recuerda su vida pasada en dos tiempos: la infancia en la huerta de sus abuelos en Córdoba, donde todo seguía el orden implacable del Tiempo y las estaciones, y un pasado reciente en el que su pareja se había visto quebrada. En el presente de la narración intenta escribir y encontrar alguna forma de seguir con su vida.

El libro tiene, sospecho, un fuerte componente autobiográfico, pero no es eso lo que me atrae. Me interesa lo que hace con eso. Qué puede hacer la escritura con una vida cuando esa vida pierde la forma que tenía.

Constantemente el protagonista —que se identifica como “Fede”— habla de los cuadernos escritos que no puede volver a leer porque son de su vida anterior, de la catarsis volcada en líneas y l íneas que ya no son suyas. ¿Cómo escribo desde mí cuando no sé quién soy porque mi vida ha cambiado tanto que hasta los cimientos de mi existencia se tambalean? ¿Cómo hacer una literatura similar al arte abstracto, donde no hay que pensar sino proyectar líneas y colores en un lienzo?

El narrador de Los llanos busca construir su existencia desde la ficción. Contar participa de ese intento de reconstituirse. Al recordar y escribir, va ensayando una forma de habitar lo que le pasó. O, quizás, el Falco autor busca en la ficcionalización de una experiencia una forma de repensarse. 

No mencioné, aún, cuánto me enamoró la prosa de esta novela. Hay algo llano en su cadencia, en el ritmo con que avanza, sin valles ni picos que jueguen artificialmente con una narratividad plana, que intenta buscar la constancia, el equilibrio respecto de un centro. Como en aquél capítulo que habla del trabajo con cerámica en el torno: el título habla de la manera de contar, de una forma de abarcar la nada rodeándola de recuerdos y experiencias.

Los llanos tiene una prosa donde el viento se siente cuando habla del viento. Donde la narrativa repiquetea cuando hay tormenta. Un qué y un cómo acompañándose, como pide Vicente Huidobro en su “Arte poética”:

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
Hacedla florecer en el poema;

Falco consigue crecer un tomate en la novela, un repollo, unas habas, consigue que muchos otros cultivos fracasen y, sobre todo, logra que ese crecimiento, a veces exitoso, a veces fatídico, incoherente, inconsistente, intempestuoso, nos importe.

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