La inteligencia de una antología

Estoy terminando de leer la Antología de la literatura fantástica, compilada por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. El libro reúne cuentos, fragmentos, tradiciones religiosas, relatos orientales, páginas de novelas. Cada texto ocupa un lugar dentro de una constelación que sus compiladores imaginaron, eligieron y ordenaron.
La palabra “antología” arrastra hoy cierto aire de objeto antiguo o, en el extremo opuesto, de colección de textos surgidos de un taller que busca llegar a la autopublicación. Las mesas de novedades ofrecen novelas, ensayos, diarios, biografías, mucha autoficción y libros de cuentos de un solo autor, pero las antologías temáticas parecen haber perdido el prestigio que alguna vez tuvieron. Sobreviven, sí, las recopilaciones escolares, los panoramas históricos y algunos volúmenes colectivos, aunque ya casi nadie espera de una antología una intervención decisiva sobre la literatura.
La Antología de la literatura fantástica contiene esa ambición. Borges, Bioy y Ocampo no juntaron una cantidad de textos que compartían un tema, sino que construyeron una manera de pensar una forma más o menos determinada. Esta antología no entrega solamente cuentos fantásticos: propone qué puede significar lo fantástico, qué textos participan de esa tradición y qué relaciones pueden establecerse entre obras separadas por siglos, lenguas y culturas.
En “Sennin”, de Ryūnosuke Akutagawa, una mujer ordena a Gonsuké que suelte las dos manos mientras cuelga de la rama más alta de un pino. La caída debería desenmascarar el engaño pero, en cambio, Gonsuké queda suspendido en el aire y agradece:
“Ustedes me han hecho un sennin”.
Después asciende por el cielo hasta desaparecer entre las nubes. El cuento no necesita justificar el prodigio. La credulidad de Gonsuké, explotada durante veinte años por sus patrones, termina produciendo aquello que nadie sabía enseñarle.
Un relato japonés, una parábola, una página de Kafka, un cuento de Chesterton y una ficción rioplatense empiezan a hablar entre sí porque tres lectores decidieron colocarlos bajo un mismo nombre. La antología no descubre una tradición intacta que esperaba dentro de los libros: la antología produce esa tradición mediante el montaje.
Borges ejecutó operaciones parecidas en otros territorios. Cuando discute la tradición del escritor argentino, no niega el valor de la literatura gauchesca: rechaza su condición de origen obligatorio. El escritor argentino no tiene por qué probar su pertenencia mediante gauchos, ombúes, llanuras o inflexiones locales. Puede encontrar sus materiales en las sagas escandinavas, en la literatura inglesa, en la filosofía alemana o en las ficciones de Europa central. Borges no niega una procedencia, sino que afirma algo más libre y también más perturbador: también podemos venir de aquí. Y de aquí. Y de aquí. ¿Y qué pasa si venimos de aquí también?
La Antología de la literatura fantástica realiza ese gesto a gran escala. Sus compiladores toman textos que pertenecían a otras series —la literatura religiosa, la fábula, el sueño, la alegoría, la novela filosófica, la tradición oral— y los incorporan a una genealogía de lo fantástico. El libro libera esos textos de algunas clasificaciones anteriores, pero también los somete a una nueva autoridad.
Bioy cuenta que el proyecto nació una noche de 1937. Los tres hablaban sobre literatura fantástica y discutían cuáles eran los mejores cuentos. Entonces surgió la posibilidad de reunirlos y agregar los fragmentos de la misma naturaleza que habían anotado en sus cuadernos. “Compusimos este libro”, concluye Bioy con una sencillez que oculta el tamaño de la operación.
Antes de presentarse como escritores que establecen un canon, Borges, Bioy y Ocampo aparecen como lectores que guardan rastros de sus lecturas. Copian fragmentos, comparan cuentos, recuerdan hallazgos, discuten preferencias. La antología nace de esos cuadernos: de la costumbre de leer bajo la sospecha de que una página puede servir para pensar otra.
Una buena antología contiene años de atención. Sus responsables leyeron mucho, compararon, descartaron, volvieron sobre sus elecciones y finalmente ofrecieron un orden. Cada inclusión revela un gusto; cada ausencia, un límite; cada proximidad, una hipótesis.
Un buscador también selecciona y ordena, pero esconde su criterio detrás de una interfaz. Una plataforma recomienda textos sin escribir un prólogo que explique su idea de literatura. Un algoritmo decide qué aparece primero, aunque ninguna firma responda por la decisión.
La antología muestra sus procedimientos. Sus preferencias y sus errores tienen nombres.
Quizá las antologías temáticas hayan perdido centralidad porque la cultura contemporánea ya no pretende esa inteligencia. El acceso fácil, múltiple, simultáneo y potencialmente superficial parece haber reemplazado a la selección. La abundancia reemplazó al criterio. La disponibilidad produce una sensación de libertad. Una falsa libertad.
Una suma de resultados no construye un pensamiento, una forma de entender, un criterio.
La antología temática no vale sólo porque concentra materiales que de otro modo exigirían muchas búsquedas. Su potencia reside en las relaciones que establece. Un texto ilumina el mecanismo que otro esconde. Una solución narrativa expone el fracaso de la siguiente. Una repetición revela la persistencia de un argumento; una desviación muestra la posibilidad de transformarlo.
Para quienes escribimos, esa concentración permite comparar respuestas diferentes ante un mismo problema. Bioy trabaja desde ese lugar en el prólogo. No busca solamente una definición de lo fantástico: busca sus mecanismos. Ordena los cuentos según sus argumentos —fantasmas, viajes en el tiempo, metamorfosis, deseos concedidos, inmortalidad, acciones paralelas— y también según las explicaciones que ofrecen para el prodigio. Su prólogo funciona menos como una teoría cerrada que como un pequeño manual de composición.
Las categorías no clausuran el género. Los cuentos las confirman, las contradicen o las desbordan. Clasificar no siempre significa encerrar. A veces significa colocar obras distintas unas junto a otras para percibir mejor sus movimientos.
Borges, Bioy y Ocampo no se limitaron a reunir literatura fantástica sino que crearon una procedencia para quienes escribirían después. Nos abrieron las puertas de un mundo nuevo y fantástico.