Tres formas de incomodar al lector

Cómo la voz narrativa, el silencio y el corte pueden producir incomodidad en la lectura. Tres recursos frecuentes en la escritura contemporánea.

Querido lector, lectora, lectore: ¿está usted cómodamente sentado, sentada, sentade? Pues bien, sepa que la literatura viene a provocarle incomodidad. Picazón. Urticaria. ¿De qué manera? Vamos a ver.

Retrocedamos un poquito: hace unas semanas subí un posteo después de leer Claus y Lucas, de Agota Kristof. Allí la incomodidad no proviene únicamente de lo que ocurre en la historia. Proviene, sobre todo, de ciertas decisiones de escritura que dejan al lector en una posición inestable.

Me puse a pensar así en la manía que tenemos los escritores por incomodar y en qué recursos echamos mano con mayor frecuencia. Estos tres son los que veo aparecer más seguido:


Incomodar con la voz

Estamos acostumbrados a narradores que interpretan lo que ocurre: explican los sentimientos de los personajes, ordenan el sentido de los acontecimientos, sugieren cómo deberíamos leer una escena. Y ahí la literatura se muere: no queda nada para que completemos.

Pero cuando la voz narrativa decide poner unas cuantas cosas debajo de la mesa, algo cambia. Los hechos aparecen sin comentario, sin guía, sin un marco que los amortigüe. La narración no traduce una experiencia intelectualizable: simplemente la expone, dejándonos a la deriva con nuestros propios sentimientos.

En Claus y Lucas, por ejemplo, los episodios son narrados con una neutralidad extrema, incluso los más violentos o traumáticos (como una madre y su hijo despedazados por una bomba, sin ir más lejos). No hay énfasis ni dramatización. Los hechos se encadenan como si fueran simples constataciones:

“Nosotros miramos a nuestra madre. Los intestinos se le salen del vientre. Está toda roja. El bebé también. La cabeza de nuestra madre cuelga encima del hoyo que ha hecho el obús. Sus ojos están todavía abiertos y mojados de lágrimas.”

Y entonces nos quedamos solos frente a lo que ocurre, sin nadie que nos dé la mano para pasar el mal rato y, sobre todo, sin nadie que nos diga cómo interpretar lo que acaba de suceder.


Incomodar con el silencio

Otra forma de producir incomodidad consiste en callar algo que el lector espera que sea dicho.

Muchos relatos contemporáneos trabajan con esta operación, especialmente en cierta tradición anglosajona donde el sentido se organiza a partir de lo que el texto decide no explicar.

Un ejemplo muy claro aparece en “Conservación”, de Raymond Carver. A lo largo del cuento, varias tensiones del matrimonio protagonista se sugieren apenas: una frase interrumpida, una escena cotidiana, una reacción que no termina de aclararse. El relato nunca formula del todo qué está ocurriendo entre esos personajes, pero la sensación de desgaste y distancia se vuelve cada vez más visible:

“Al cabo de un momento su marido apareció en la cocina. Miró una vez más la nevera, con la puerta abierta. Y luego se fijó en las chuletas de cerdo. Abrió la boca, pero no dijo nada. Ella esperó a que dijera algo, cualquier cosa, pero siguió callado. Puso sal y pimienta encima de la mesa.”

Aquí la escritura no explica sino que deja pistas. Como decía Hebe Uhart, permite que el cuento asome por los espacios en blanco que hay entre las letras. Es decir: que el lector complete lo que falta. Y ese efecto suele resultar mucho más potente que cualquier explicación directa.


Incomodar con el corte

También existe una incomodidad que nace de la brevedad extrema. Hay textos que se interrumpen en el momento en que uno espera que continúen.

Esta sensación apareció mientras leía algunos poemas de El mal amor, de José Sbarra. En el libro hay textos brevísimos que parecen abrir un mundo y cerrarlo enseguida. El lector apenas entra en la escena cuando el poema ya terminó.

Esa interrupción produce un efecto curioso: lo que falta se vuelve parte de la lectura. Empezamos a imaginar lo que el texto no llegó a desarrollar.


En suma, creo que parte de la función de la literatura es provocar esta incomodidad: sacarnos del lugar conocido y presentarnos las cosas de otra manera.

Si te interesa probar este tipo de operaciones en la práctica, hace unos días subí también un ejercicio que trabaja con una de ellas: escribir una escena donde la voz narrativa no explique ni interprete lo que ocurre. Podés leerlo acá: Una voz que no opina.

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