Pensar para escribir o escribir para pensar

Ayer —que puede haber sido exactamente ayer, o hace una semana, un mes, un año— estaba con la lapicera en la mano, garabateando pensamientos en una hoja, y de pronto me pregunté: ¿por qué, cada vez que necesito pensar en algo, me pongo a escribir?

Cuando me voy a acostar y la mente empieza a divagar, a veces aparece algo —no sé si llamarlo pensamiento; tal vez sea mejor decir imagen— que me llama la atención. Algo que surge entre el sueño y la vigilia. Me quedo un rato observándolo, lo despliego, ensayo posibles situaciones, dejo que se mueva. Pero casi siempre dura poco. Al rato, la mente salta hacia otra cosa: algo que parece más interesante, más urgente, o simplemente el recuerdo de alguna escena vergonzosa de hace veintisiete años que lo tapa todo. En cualquier caso, si necesito seguir una idea de manera más o menos sostenida, si quiero que no se disuelva en ese vaivén, necesito una lapicera o una computadora. Algo que me obligue a trazar algo parecido a una línea.

Escribir, entonces, no aparece como la consecuencia de haber pensado algo, sino como la condición para poder pensarlo. No escribo porque ya sé qué quiero decir; escribo para averiguarlo. La escritura funciona como una superficie donde el pensamiento deja de ser pura dispersión y empieza, de a poco, a tomar forma.

A veces me veo tentado a pensar que primero viene la idea y después el texto, que escribir es apenas traducir —con mayor o menor éxito— algo que ya estaba de antemano. Pero cada vez que escribo, esa ilusión se cae por su propio peso: la idea no estaba antes sino que aparece mientras escribo, o incluso más tarde, al releer y darme cuenta lo que escribí.

Por eso escribir no es avanzar en línea recta: es probar, borrar, rodear, volver atrás. Escribir es demorarse, quedarse en el vértigo de la incomodidad. Permitir que el pensamiento se equivoque, que diga algo con lo que no creímos estar de acuerdo —o quizás que de verdad no lo estamos—, que tome un desvío inesperado. Muchas veces, el texto que termina siendo importante no es el que confirma lo que uno pensaba, sino el que contradice una intuición inicial.

Tal vez por eso escribir resulta, a la vez, tan incómodo y tan necesario. Incomoda porque nos enfrenta a lo que todavía no entendemos; porque deja a la vista las zonas borrosas, las contradicciones, los huecos. Pero es necesario porque es, justamente, en ese movimiento donde algo empieza a aparecer.

Escribir no sirve para fijar ideas definitivas sino para ponerlas en movimiento. Para seguirlas un poco más lejos de lo que la cabeza permitiría por sí sola. A veces sirve para descubrir aquello que queríamos decir y, otras, las más deliciosas, para generar nuevas preguntas.

Quizás por esto, cada vez que necesito pensar en algo de verdad, vuelvo a lo mismo: una hoja y una lapicera.

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