Pensar hasta que todo se cae

Un hombre recorre su casa antes de dormir y se asegura de que todo esté en orden: ventanas, llaves, relojes, máquinas. Nada queda librado al azar. Sin embargo, en plena madrugada, la casa se derrumba.
A partir de “La máquina de pensar en Gladys”, de Mario Levrero, este texto propone una lectura sobre el control, la delegación de la experiencia y el modo en que un orden llevado al extremo termina colapsando sobre sí mismo.

Sobre “La máquina de pensar en Gladys”, de Mario Levrero.

Cuando me preguntan por un cuento breve e impactante, pienso siempre en “La máquina de pensar en Gladys”, del escritor uruguayo Mario Levrero. 

La brevedad no es siempre una virtud en la narrativa —como tampoco la velocidad o la corrección política—, pero en este caso nace del poder de síntesis: de la concisión de la escritura para construir, en un breve repaso por un living, a todo un sujeto y, por qué no, un mundo.

El cuento es lo suficientemente corto como para reproducirlo aquí, tanto para quienes no lo leyeron como para quienes quieran volver a saborearlo. Después, lo seguimos pensando:

La máquina de pensar en Gladys

Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta —para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente—; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así —cerrando la persiana—; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz.

Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.

(En La máquina de pensar en Gladys, de Mario Levrero)

Hay una pregunta bastante obvia que surge de la lectura: si este hombre cuida con tanto celo que todo esté donde y como corresponde, ¿qué hace que la casa se le caiga encima? A partir de esa pregunta se me ocurren varias líneas de lectura.

Una de ellas es preguntarnos si es necesario que una cosa suceda porque la otra. Tal vez los dos párrafos del cuento narran momentos diferentes que no están conectados de manera causal. Sin embargo, la narrativa tiende a generar un efecto de causa y consecuencia y, aun cuando sea solo por el placer de pensar en los porqués, vale la pena seguir indagando.

Otra cuestión que llama la atención es que, si bien el personaje se asegura de que todo esté en su lugar, él ha hecho en realidad muy poco. Los verbos parecen carecer de agente: nadie vació el cenicero, sino que “había sido vaciado”; la basura ya “había sido sacada afuera”. El protagonista sí cierra alguna puerta, le da cuerda al despertador, pero poco más. Aparece así como un ser casi inerte —tiene una máquina para pensar en un ser desconocido que da nombre al relato, Gladys—, alguien a quien las cosas simplemente le suceden. Ese corrimiento de la acción hacia los objetos y los mecanismos puede leerse como una de las vías hacia el desenlace.

Finalmente, se me ocurre pensar que todo ese control minucioso que el personaje ejerce sobre su entorno —tiene incluso una máquina para pensar, ¿lo había mencionado?—, esa presión excesiva para que todo esté como y donde debe estar, es justamente lo que termina derrumbando la casa. Todo está tan bajo control que colapsa sobre sí mismo.

El título refuerza esta lectura: si Gladys es un amor que no se vive ni se desea, sino que se piensa a través de una máquina, ya no queda lugar para el exceso, para lo imprevisible. La vida ha sido tercerizada en los mecanismos. La casa funciona. Y justamente por eso, se derrumba.

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