Leer La comemadre, de Roque Larraquy (y no terminar de entender)
La primera vez que leí La comemadre, de Roque Larraquy, fue en 2016, cuando Roque era todavía director de mi carrera, la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA).
En aquella primera lectura me quedé una sensación extraña: me gustaron muchas cosas —los tonos, ciertos detalles, el clima de la narración inicial—, pero sentí que no terminaba de entender la novela en relación con lo que viene después, con esa otra historia del artista plástico.
Por eso la volví a leer la semana pasada, con ánimos de desentrañar el misterio, y me pasó exactamente lo mismo: no la entendí.
Es que suelo pensar que releer un libro implica que lo voy a entender mejor o «más», encontrar claves que antes se me habían escapado y que estaban ahí, agazapadas, esperando. Acá no. Me volvieron a fascinar las mismas cosas y me volvieron a incomodar las mismas otras. Y esa persistencia —esa especie de invariancia en la lectura— es, justamente, lo que quiero pensar acá.
La primera parte de la novela me gusta muchísimo, la disfruto como releyendo un clásico, con una prosa fragmentaria y audaz, pero que a la vez me resuena a Agatha Christie, a Mary Shelley. El clima de comienzos del siglo XX, el grupo de médicos, la relación entre Quintana y Menéndez, el modo en que el saber científico habilita una violencia casi burocrática sobre los cuerpos, el «pato cartesiano» y su vínculo con la guillotina, los desajustes del lord británico tratando de comer un asado como se toma un five o’clock tea, el personaje de Papini y su relación incipiente con la frenología.
Me interesa especialmente la incógnita en torno a Menéndez, la deseada por todo el plantel médico (por supuesto masculino) pero sobre quien sólo Quintana tiene acceso (¿o no lo tiene?), aquello que queda fuera del rol asignado, lo que no llega a narrarse del todo. Incluso algo que podría leerse como una debilidad —la seducción del protagonista, un tanto deslucida, casi apurada— hoy me resulta menos un problema que una señal: como si el relato no supiera (o no quisiera) detenerse en la intimidad, como si ese mundo no tuviera herramientas para narrar el vínculo sino sólo la apropiación.
La segunda parte, en cambio, siempre me cuesta más. Entiendo el procedimiento: el tono taquigráfico, casi administrativo, tiene sentido; es una carta, es un registro, es otra época y otro dispositivo. Aun así, me cuesta entrar. Y, sobre todo, me cuesta ver la relación entre ambas partes más allá de lo simbólico superficial —la comemadre, el título—, sino en términos narrativos: no siento que una historia ilumine a la otra, o que se expliquen mutuamente, o que sean símbolo de la fragmentación propia de la posmodernidad, etc.
Ahora, tengo una pregunta: ¿y si esa dificultad para unir las dos partes no fuera un problema del libro, sino una de operación central?
Dicho de otro modo: ¿y si La comemadre no quisiera ser leída como un relato articulado, sino como dos dispositivos que trabajan una misma violencia desde lugares distintos, sin ofrecerle al lector un puente que las una?
En ambas partes, el cuerpo aparece como algo sobre lo que se ejerce poder, pero no como algo que merezca ser narrado plenamente. En la primera, el cuerpo es objeto de experimentación científica; en la segunda, es archivo, resto, expediente. En ningún caso hay una voluntad de construir experiencia en el sentido clásico: no hay interioridad, no hay psicología, no hay desarrollo afectivo. Hay procedimientos. Y esos procedimientos, justamente, expulsan al lector de cierta comodidad narrativa.
Tal vez por eso la seducción en la primera parte resulta pobre: no importa el deseo, importa la captura. Tal vez por eso la segunda parte se vuelve árida: no busca conmover, busca dejar constancia. El horror no se intensifica; se neutraliza. Se anota.
Como lector, eso me incomoda. Diría que me deja afuera pero no: me obliga a aceptar que hay algo que no voy a terminar de unir, de cerrar, de comprender del todo. Algo que, de pronto, me invita a la relectura porque me dejó algo latiendo y vibrando adentro cuando ya terminé de leer.
No sé si hay una clave que termine de unir las dos historias. Tal vez el punto sea aceptar que están separadas por la misma lógica que narran: una violencia que fragmenta, que clasifica, que impide la experiencia compartida. Y que el libro, en lugar de suturar esa fractura, la sostiene.
Como lector, sigo quedándome con una sensación ambigua. Sin embargo, me llevo una enseñanza clara: a veces, lo más interesante de un texto no es lo que explica ni lo que conecta, sino aquello que insiste en no cerrarse. Y es muy seductor que pensemos en qué esperamos de una narración, qué tipo de pacto damos por sentado, y qué pasa cuando ese pacto se rompe y nos deja incómodos.