El mal amor, de José Sbarra

Es domingo de mañana. Llueve. Anoche terminé El mal amor, de José Sbarra (edición de Carolina Edith Aguirre, 1ª ed., 2025). Es un poemario sobre el amor, pero sobre todo sobre el amor cuando ya no está: el amor que se extraña, el amante ausente. Lo terminé el 14 de febrero, día de los enamorados. Recién ahora registro la coincidencia.

Me resonó especialmente el poema de la página 33 —ninguno lleva título—:

Hay en el aire
ganas de poesía
necesidad de poesía
aunque los asuntos polémicos se abaniquen de importancia
aunque el sexo parezca un asunto urgente
hay en el aire
ganas de poesía
aunque el dinero insista en ser propietario del espacio
hay necesidad de poesía
aunque la tristeza reclame su protagonismo
aunque me suicidaría comiendo tus cartas de amor
aunque no se siente bien la soledad
hay en el aire
ganas de poesía

Lo leí en la apertura del taller SOLTAR LA MANO, SOLTAR LA VOZ, que empezó el lunes pasado. Fue oportuno: varias personas al presentarse dijeron estar aliviadas de tener un espacio que las distraiga de lo cotidiano. Yo tiendo a pensar que la escritura no distrae sino que procesa de otra manera lo que pasa.

Ese “aunque” que se repite en el poema como un mantra, lo leo como un punto de encuentro entre adversidad y causalidad: aunque todo esto esté pasando, escribimos. Porque todo esto está pasando, escribimos. La poesía —vamos, la escritura en general— no aparece a pesar, sino en medio. No en vano mis momentos de mayor necesidad de escribir hayan sido los más turbulentos.

Volviendo a El mal amor, me desconcertaron algunos poemas donde aparece el “tú”, mientras que en otros domina el “vos”. Cuando el voseo convive con un “tú” que suena impostado (o importado), la voz puede volverse artificiosa. Se perciben los hilos. Y cuando se perciben demasiado, algo se enfría: si la voz altera su forma de decir, ¿qué ocurre con la experiencia que intenta sostener? No hablo del autor biográfico —desconozco cómo hablaba— sino de la voz poética construida en el libro. Allí, por momentos, como lector, algo se me patina.

Hay poemas brevísimos, de dos versos, que me dejaron con ganas de una expansión mayor. La sensación es la de entrar en una habitación y ser expulsado casi de inmediato. Pero quizás esa interrupción sea parte de la propuesta: el libro parece insistir en el corte, en la falta, en la retirada. El mal amor como experiencia que no termina de desplegarse, que deja siempre algo trunco cuando lo mejor estaba por venir.

El volumen incluye “Los pterodáctilos”, un poema más extenso dividido en partes. Allí el amor se encarna en estos reptiles voladores que, sostiene el texto, eran “absolutamente fieles”: cuando un miembro de la pareja moría, el otro “dedicaba el resto de su existencia a deambular por los sitios frecuentados por su pterodáctila”, sin comer ni beber, debilitándose hasta morir. ¿Será esta fidelidad destructiva, para Sbarra, otro modo del mal amor, o un desvío, una excepción permitida a estas criaturas prehistóricas y bestiales?

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