Claus y Lucas: leer la incomodidad

Leí El gran cuaderno por primera vez en una materia de la Universidad Nacional de las Artes (UNA), para un parcial, en el que debimos analizar la voz narrativa: narrador formal, que no emite opiniones, tono árido, etc. Escribí entonces que es «…una voz que acompaña la experiencia de los protagonistas Claus y Lucas que, al igual que ellos, necesita despojarse de cualquier emotividad para no sucumbir. Es una voz anestesiada, cerebral pero irreflexiva, que busca sólo la supervivencia sobreadaptándose a la realidad.»

Esa forma de narrar no es un capricho estilístico: es la única voz posible para el mundo que la novela construye: Claus y Lucas son dos chicos en medio de una guerra, con todas las mezquindades del mundo reunidas en ese pueblo pequeñito de frontera. Y así va la cosa.

Su lectura me produjo un deleite incómodo, una mezcla de rechazo y atracción. Seguí pensando a los personajes, tratando de emular esa carencia aparente de artilugios narrativos, el estilo seco, directo. Porque en esa novela Kristof no sólo cuenta algo brutal, sino que lo hace de manera brutal: sin inflexiones, sin concesiones, avanzando a fuerza de frases cortas, cargadas de acción. Los diálogos ni siquiera tienen acotaciones, sólo están precedidos, algunos, por una indicación:

Decimos:
—No nos gusta recibir regalos.
—¿Por qué no?
—Porque no nos gusta dar las gracias.

Pero eso no empobrece el texto sino que lo despoja de aquello que resulta innecesario, y en ese terreno aparentemente yermo había algo que me resultaba profundamente perturbador y, al mismo tiempo, hipnótico:

Una vez, en el bosque, junto a un enorme agujero hecho por una bomba, encontramos un soldado muerto. Está entero todavía, sólo le faltan los ojos a causa de los cuervos. Le cogemos el fusil, los cartuchos, las granadas.

Quizás sea momento de aclarar que El gran cuaderno es la primera de tres novelas que publicó Agota Kristof, originalmente en francés, con los personajes de Claus y Lucas.  Luego le siguieron La prueba y La tercera mentira. En su edición en español fueron publicadas las tres juntas bajo el título Claus y Lucas. Kristof nunca las concibió como un solo volumen sino como tres novelas independientes con los mismos personajes.

La cuestión es que me quedaron las otras dos picando, pendientes, durante algunos años.

En noviembre pasado, años después de lo relatado, me regalaron una edición nueva de Claus y Lucas, en la edición de Libros del Asteroide y leí las dos novelas que me faltaban, sin releer la primera.

Seguí, sin saberlo entonces, una de las recomendaciones que hace José Carlos Rodrigo Breto en Mucho Claus y poco Lucas, sobre la recuperación de la trilogía de Agota Kristof: leer cada novela dejando que pase un tiempo entre una y otra porque —dice él— como trilogía el resultado se empobrece.

Eso fue exactamente lo que hice, aunque de manera completamente involuntaria. No puedo, entonces, dar fe de la experiencia de una lectura continua ni confirmar del todo las conclusiones del artículo; mi lectura estuvo atravesada por la memoria, por el olvido parcial, por una sensación difusa de lo que había pasado antes.

Leída así, la segunda parte me resultó de menor intensidad que la primera, pero no por eso prescindible. La recibí como el segundo movimiento de una sonata: más lento, preparatorio, de una construcción más extensa, más reflexiva. Un tramo necesario para que la tercera novela pudiera desplegar su peso. Esta novela presenta, además, una versión distinta de los hechos de la primera y comienza así a armar un sistema de espejos, desplazamientos y relecturas internas que va socavando, de a poco, cualquier certeza.

La tercera parte cobró para mí una fuerza narrativa inesperada. No tanto por “cerrar” la historia —que lo hace— sino por el tipo de explicación que ofrece: una explicación descarnada, sin sentimentalismo, poblada de personajes duros, con actitudes muchas veces desagradables, incluso miserables. Pero no llegamos a detestar del todo a estos personajes, tal vez porque la novela se encarga de mostrar, sin justificar, lo mal que la han pasado. No hay redención, pero tampoco hay condena.

La tercera explica —lo cual nunca es una decisión inocente en un universo como este—, y con la explicación deviene la calma. Volvemos al sosiego habiendo cerrado el libro. Y desde lo conceptual siempre voy a preferir que la incomodidad permanezca, no aquietar las aguas sino dejarlas en estado de turbación. Incomodar y dejar incómodo. Pero en este caso, luego de tantas penurias, de personajes tan traumados, tanta miseria y desolación, el alivio se me hizo agradable. 

No voy a extrañar a los personajes, pero estoy seguro de que Claus y Lucas me van a acompañar por mucho tiempo como presencias fantasmales en mis pensamientos y probablemente en mi escritura. De alguna manera creo haber aprendido un modo de contar la brutalidad de manera descarnada; una manera que no grita, que no denuncia, que es profundamente eficaz cuando no explica sino que narra lo imprescindible.

Deja un comentario