De la idea al relato: cómo hacer que un tema empiece a moverse

A veces aparece una idea que no trae una escena pegada. No ves a nadie haciendo nada: sólo tenés eso que aparece una y otra vez en tu cabeza: una frase, una sospecha, un asco, una curiosidad, un espanto. Algo abstracto que te queda vibrando en la punta de los dedos.

El problema es que una idea, por sí sola, no narra; una idea explica. La narración necesita algún tipo de movimiento: algo cambia, alguien se equivoca, algo se rompe, alguien insiste, alguien calla donde debería hablar. No es que la ficción no pueda pensar, que no pueda contener reflexiones, sino que una narración —por definición— no avanza por pensamientos enunciados, sino por causas y consecuencias.

Entonces, la pregunta verdadera es ésta: si lo que tengo es una idea abstracta, ¿cómo la vuelvo relato? ¿cómo empiezo a escribir narrativa desde una idea?

Una trampa frecuente es intentar convertir la idea en tema explícito: ponerla a hablar. Que el texto diga lo que el texto quiere dibujar. Es tentador, porque nos ordena rápido y enseguida empezamos a poner letritas en la computadora; pero muchas veces produce ese efecto raro de ensayo disfrazado: personajes que, en lugar de vivir, argumentan.

Pensemos un ejemplo de idea, ya muy trabajada y sabida, pero que vale a modo de ejemplo: “el lenguaje nunca alcanza para contar lo que vivimos”.

Tenés esta idea, entonces te ponés a escribir. ¿Y qué hacés?, ponés a dos personajes que se encuentran en un bar y, después de algunos intercambios intrascendentes, uno le dice al otro:

—Viste Ernesto que, al final, no podemos contar las cosas que nos pasan.

Entonces Ernesto indaga:

—Pero, Ricardo, ¿qué te pasó?

Y Ricardo, por supuesto, explica:

—No, no es nada, lo que pasa es que vengo pensando…

Y ahí desarrolla su tesis, y Ernesto hará algunas oposiciones, Ricardo defenderá o irá matizando su discurso, etc.

Cuando terminás de escribir, alegre de que la idea está expuesta, releés. Y ves que el relato se queda quieto, que no hay vértigo, no hay pérdida, no hay apuesta; sólo una tesis que se pasea.

Entonces, ¿cuál es la alternativa? Volver la idea una normalidad del mundo narrativo. No en el sentido de “explicarla mejor”, sino de construir un dispositivo donde esa idea sea una ley en funcionamiento.

Siguiendo el ejemplo: en lugar de que Ricardo cuente que el lenguaje es insuficiente, Ricardo intenta contar un episodio cualquiera —trascendente o mínimo— y falla. O, mejor dicho: lo cuenta por aproximaciones, como quien rodea algo que no puede mirar de frente. Escribe cartas que no envía. Reescribe un mismo párrafo tres veces. Se contradice. Se corrige. Ensaya versiones que se pisan entre sí.

Ahí la historia no es “el hecho”, sino la acumulación de intentos. Y cada intento fallido no explica la idea: la hace actuar. La idea deja de ser un cartel y se vuelve experiencia.

Y de esta manera, quien lee no recibe la conclusión servida. Llega solo a la conclusión —o no llega, y está bien así también—, y esa diferencia importa. Porque la literatura no necesita que la idea esté dicha: necesita que sea inevitable en su construcción. Que el texto la haya hecho pasar por el cuerpo.

La ficción no está para bajar línea, sino para hacernos atravesar experiencias.

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