Hebe Uhart: narrar sin entender

En muchos relatos de Hebe Uhart, la narración no avanza a partir de lo que el personaje comprende, sino de lo que no termina de entender. Sus narradores miran, registran, describen, pero rara vez explican. Ven más de lo que saben. Y esa distancia entre percepción y comprensión no es un defecto: es el motor del relato.

La narratología suele llamar narrador infrasciente a este tipo de voz: una primera persona que cuenta desde un saber limitado, parcial, incompleto. No se trata de un narrador ingenuo ni de un narrador engañoso, sino de alguien que no domina los códigos del mundo que recorre. En la escritura de Uhart, ese no saber produce extrañamiento y vuelve visible lo que, para otros, pasa desapercibido.

En “Stephan en Buenos Aires” (publicado en Turistas, Ed. Adriana Hidalgo, 2008), el narrador es un europeo que cuenta su estadía en la ciudad en un castellano torpe, quebrado. Ese lenguaje rudimentario no construye una voz inocente, sino una mirada que cree portar la norma. Stephan observa Buenos Aires como quien evalúa un sistema que debería funcionar de otro modo. Se irrita ante lo que no encaja con sus expectativas: los horarios, las costumbres, los modos urbanos. Mira mucho, pero entiende poco. Y, sin embargo, esa comprensión fallida expone gestos, ritmos y hábitos que la mirada porteña suele naturalizar.

El narrador infrasciente no interpreta: enumera. Registra detalles sin jerarquizarlos. Por eso la acción queda en segundo plano y lo que avanza es la percepción. La ciudad aparece fragmentada en escenas mínimas, observaciones sueltas, desajustes. El relato no nos dice qué pensar sobre Buenos Aires; nos obliga a mirarla desde una conciencia que no logra integrarse a ella.

En “Bernardina”, dentro de la misma colección Turistas de AH, la infrasciencia funciona de otro modo. Bernardina también narra desde un saber restringido, pero su mirada no es evaluativa ni soberbia. Es sensible, poética, atravesada por una extranjería que no eligió. Bernardina no viaja: migra. Su desplazamiento no es turístico ni reversible, y su modo de narrar se construye desde esa vulnerabilidad.

A diferencia de Stephan, Bernardina no juzga lo que ve. Nombra desde su propio mundo simbólico. Cuando llama a internet “ñandutí guazú”, no está equivocándose: está traduciendo una tecnología ajena a un sistema de imágenes propio. Su infrasciencia no genera juicio, sino metáfora. No ordena el mundo: lo reacomoda.

En ambos casos, Uhart elige narradores que no dominan el espacio que habitan. Pero ese no dominio produce efectos distintos. En Stephan, la falta de comprensión se traduce en irritación y distancia; en Bernardina, en atención y reconfiguración simbólica. El narrador infrasciente no es una figura homogénea: su posición social, afectiva y material define qué hace con lo que no entiende.

En mi opinión, estos relatos proponen algo muy concreto: no narrar desde el control. Permitir que la voz no sepa todo. Sostener una mirada que observa sin cerrar sentido. No explicar antes de tiempo. No traducir lo extraño en categorías conocidas.

La escritura de Uhart confía en esa incompletitud. Deja que el relato se arme a partir de lo que falta, de lo que no se termina de comprender, de lo que queda apenas nombrado. Narrar sin saber del todo no empobrece el texto: lo vuelve más poroso, más atento, más vivo.

Leer estos cuentos desde la figura del narrador infrasciente permite pensar la escritura como un ejercicio de desplazamiento: escribir no para entender mejor el mundo, sino para mirarlo desde un lugar donde el sentido todavía no está dado y arrojar nuevas luces a los lugares y episodios ya transitados.

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