Leer una voz: oralidad y artificio en “Hombre de la esquina rosada”
Hay cuentos que parecen hablados.
Uno puede imaginarlos contados en voz alta, en una mesa de bar, en un patio, alrededor de un fogón. “Hombre de la esquina rosada”, de Borges, es uno de esos cuentos. Todo en él construye la ilusión de una voz que habla: la primera persona, los giros coloquiales, cierta sintaxis irregular, las deformaciones fonéticas. El narrador dice, por ejemplo: “De puro atolondrado me le jui encima y le encajé la zurda en la facha…”, y esa frase parece llegar con el ritmo de lo dicho más que de lo escrito.
Sin embargo, esa oralidad no es espontánea. No es un registro tomado al vuelo ni una transcripción del habla popular. Es una oralidad trabajada. Borges escribe una voz que parece oral, pero que es profundamente literaria. La fluidez del relato es un efecto de escritura, no su origen. Lo que el cuento pone en juego no es la palabra hablada en estado puro, sino su construcción como artificio.
Esto es importante para quienes escribimos: la oralidad no consiste en copiar cómo habla alguien, sino en producir una voz que funcione como si hablara. La lengua del narrador no es “natural”; está llena de decisiones. Decide qué se exagera, qué se calla, qué se deforma. Decide incluso cómo se recuerda.
A lo largo del cuento, esa voz no se presenta como del todo confiable. Aparecen dudas, contradicciones, juicios que se pisan entre sí. El narrador reconoce que no puede ser objetivo, que algo se le mezcla cuando intenta contar: “Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar”. La oralidad, lejos de garantizar verdad, produce versiones. La palabra hablada no fija los hechos: los vuelve mito.
Borges no corrige esa ambigüedad, no la limpia. Al contrario: la conserva y la vuelve productiva.
El cuento se sostiene en esa tensión entre una voz que parece inmediata y una escritura que la arma con cuidado. Esa tensión se vuelve explícita en el desenlace, cuando el narrador revela que todo lo contado estaba dirigido a un personaje llamado “Borges”. El relato oral, que parecía circular en un espacio comunitario, entra de lleno en la literatura. La voz del arrabal encuentra a la escritura que la registra.
Ahí el cuento se pliega sobre sí mismo. La oralidad no desaparece, pero queda enmarcada. La palabra del narrador no se anula: se transforma en materia literaria. El nombre propio funciona como umbral entre dos órdenes: el de la voz y el de la escritura.
Este cruce no se resuelve. No sabemos si la escritura legitima esa voz o si se apropia de ella. Si preserva una memoria colectiva o si la reconfigura en otra cosa. Y quizá esa pregunta no tenga que cerrarse. El cuento funciona justamente porque no cancela la contradicción entre hablar y escribir, sino que la deja abierta.
Desde mi perspectiva, “Hombre de la esquina rosada” propone algo muy concreto: trabajar la voz no como transparencia, sino como construcción. Entender que incluso lo que parece dicho de un tirón está lleno de decisiones. Que escribir “como se habla” no es dejarse llevar por una voz, sino construirla.
Leer este cuento desde ahí —desde la voz como artificio— permite pensar la escritura no como expresión directa, sino como un trabajo sobre la lengua que dice, exagera, duda y se equivoca. Y que, en ese movimiento, produce literatura.
El cuento completo puede leerse aquí:
“Hombre de la esquina rosada”, de Jorge Luis Borges