¿Para qué escribir?

Escribir no es un acto natural. No es una descarga, no requiere de un don y —me atrevo a decir— tampoco es una necesidad. La escritura es una práctica situada. A veces placentera, a veces incómoda.

Como todo oficio, requiere técnica. Le músique practica con escalas, le tatuadore con cáscaras de naranjas, nosotres con ejercicios y disparadores de escritura.

A veces se escribe buscando algo.

Escribir es ir contra la inercia, contra la facilidad, contra la productividad capitalista que piensa el objeto resultante como único valor.

En los talleres aparece seguido una pregunta «¿para qué escribimos?» O su reverso: ¿vale la pena que yo escriba? ¿qué tengo yo para aportar a la literatura? Y tal vez convenga desplazar un poco la pregunta. No pensar tanto el “para qué” como el desde dónde.

Cómo me posiciono cuando todavía no sé qué quiero decir.

Cómo me siento (literal y metafóricamente) cuando una consigna me incomoda.

Qué me pasa cuando lo que quiero decir no fluye, cuando el texto insiste en ir para otro lado o un error no deja de reiterarse.

Escribir, en ese sentido, no es producir textos sino sostener una incomodidad. Permanecer ahí un rato en vez de correr a buscar una solución rápida.

Por eso, en este espacio, la escritura no aparece como un resultado sino como un proceso: algo que se arma, se prueba, se descarta, se vuelve a intentar. Un trabajo que no promete eficacia, pero sí atención.

Este blog nace con esa idea. No como un manual, ni como un reservorio de recetas. Nace como un espacio donde pensar la escritura mientras sucede: leer, ensayar, proponer ejercicios, compartir preguntas.

Escribir no garantiza nada pero, a veces, permite ver algo que antes no estaba.

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